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Cancún: unidad y lucha ideológica
Ángel Guerra Cabrera
ALAI AMLATINA, 25/02/2010.- La constitución en la Rivera Maya (Cancún),
México, de la Comunidad de Estados de América Latina y el Caribe merece
con creces la “trascendencia histórica” que le atribuyó el presidente de
Cuba Raúl Castro. El discurso de Raúl allí, por cierto, es digno de
estudio por su filo conceptual, sustancia solidaria y humanista y
realismo político. Poco más de un año antes de Cancún se había dado el
paso inicial expresamente hacia aquel destino, como consta en la
declaración acordada en Costa de Sahuipe, Brasil, donde convocados por
el presidente Luis Inacio Lula da Silva se reunieron por primera vez los
33 países latinoamericanos y caribeños sin la presencia de Estados
Unidos y Canadá en la Cumbre de América Latina y el Caribe sobre
Integración y Desarrollo (CALC).
Con la decisión adoptada en México en la Cumbre de la Unidad de América
Latina y el Caribe, que reunió a la CALC y al Grupo de Río, comienza a
tomar cuerpo institucional el proyecto de unidad de Simón Bolívar y José
Martí gestado hace dos siglos. Quién hubiera imaginado lo cerca que
estaba el alumbramiento hace escasamente once años cuando asumió la
presidencia de Venezuela Hugo Chávez, que tanto ha hecho por convertir
en realidad el ideal bolivariano. Hasta entonces era Cuba en solitario
quien sometida por el imperio a un bloqueo redoblado y a duras penurias
materiales continuaba aferrada a aquella utopía de los padres
libertadores y a la de continuar la lucha por la igualdad, la justicia,
la fraternidad y la solidaridad entre los seres humanos resumida en la
palabra socialismo.
La creación de esta organización es una necesidad impostergable para la
concertación política, la cooperación e integración de una América
Latina con rumbo independiente y unificador a la que la OEA no puede
aportar sino obstáculos, subordinada como ha estado desde su fundación
en 1948 a la política exterior agresiva e injerencista de Estados
Unidos. Bautizada como “sentina” por el Canciller de la Dignidad cubano
Raúl Roa, la OEA ha dado desde entonces el visto bueno de manera
desembozada a todas las dictaduras militares e intervenciones armadas
instrumentadas por Washington contra América Latina. Si en los últimos
años no lo ha podido hacer con la misma desfachatez es porque la nueva
correlación de fuerzas en la región se lo ha impedido. Así y todo, no ha
sido capaz de ayudar a desmontar un solo conflicto creado por Estados
Unidos con sus vecinos como lo demuestra su inacción ante la agresión
yanqui-uribista a Ecuador o frente al intento de golpe “cívico” contra
Evo Morales o la parcialidad de su secretario general hacia el
Departamento de Estados en lo relacionado con el golpe de Estado en
Honduras. Esta contrariedad ha sido muy bien ilustrada por Evo en su
memorable discurso en Coyoacán, ciudad de México, al expresar “donde
esté presente Estados Unidos no se puede garantizar con paz y justicia
social la democracia”. Evo y Chávez también han destacado la importancia
de ligar la diplomacia con la lucha de masas, pues sin esta no es
posible construir la unidad “por arriba”.
Aunque el paso dado por los gobiernos latinoamericanos inspira
justificado optimismo, no sería prudente ignorar que la nueva
organización habrá que construirla en dura lucha ideológica con los
gobiernos de derecha de América Latina y sometidos sus impulsores a las
provocaciones de Estados Unidos, como la grosera embestida de Uribe
contra Chávez en la Rivera Maya, fulminada por Evo como un intento de
sabotaje a la cumbre de un “agente del imperio”. Más aún, viendo hacia
delante, los gobiernos populares deben preparase para trabajar en un
Grupo de Río presidido por Sebastián Piñera, un engendro del pinochetismo.
No obstante, es muy esperanzador el hecho de que haya recaído en
Venezuela la responsabilidad de organizar en julio de 2011 la próxima
cumbre y de elaborar los documentos de la nueva organización, que deben
estar listos y consensados para esa fecha: propuesta de estatutos,
autoridades, presupuesto y plan de acción. Los gobiernos progresistas
están aquilatando la lucha ideológica como un recurso fundamental para
avanzar en la estructuración de la unidad latinoamericana y las
decisiones tomadas en México lo confirman. Prueba de ello los
contundentes pronunciamientos de apoyo al reclamo argentino sobre
Malvinas, de condena al bloqueo de Cuba y, por supuesto, la Declaración
de Cancún. Se palpa el cambio de época de que habla el ecuatoriano
Rafael Correa.
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26 de febrero de 2010
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