El Juez Garzón, Honduras y el mundo único
Manuel Torres Calderón
ALAI AMLATINA, 15/04/2010.- Nos separa un Atlántico, pero el caso Garzón
confirma un mundo único. El acoso al Juez por indagar jurídicamente en
la represión franquista es similar al que enfrenta un filipino, un
salvadoreño, un guatemalteco, un argentino, un polaco, un ruso, un
sudafricano o un hondureño cuando recurren a su historia trágica. Los
españoles podrán interpretar las querellas contra Garzón ligadas a otros
líos de su ámbito interno, pero su jurisdicción cruza fronteras. En el
fondo no se trata de la naturaleza de la verdad histórica, sino del
sistema actual que la manipula y la necesidad de establecer
procedimientos de toma de decisiones internacionales que permitan
enfrentar la impunidad.
Garzón se enfrenta no sólo a la derecha de España, sino a una que bate
palmas en el mundo, y que ha ido ganando terreno de la mano con un
modelo económico, social y político que criminaliza la memoria histórica
porque pretende escribirla a su modo.
“En la memoria residen, a nivel colectivo e individual, las claves de su
propio pasado y la experiencia decisiva para establecer su conducta
presente y futura, y sus compromisos morales”, sostiene un párrafo del
Manifiesto por una memoria sin fronteras que están firmando miles de
españoles en respaldo a Garzón.
Siempre se supo que sepultar el pasado es cometer una injusticia no sólo
con las víctimas de la represión sino con las generaciones futuras.
Baltasar Garzón ya intentó abrir causas en países como Chile y Argentina
contra la impunidad de las amnistías incondicionales o de las leyes de
Obediencia Debida y Punto Final. Convencido del principio de justicia
universal vino incluso a Honduras en agosto del 2009 para advertir a los
golpistas que los delitos de lesa humanidad - delitos de homicidio,
torturas, privación ilegal de la libertad calificada y otros- son
imprescriptibles e imperdonables. Lamentablemente, su advertencia no fue
escuchada. Garzón supo que la derecha hondureña es calcada de su par
española, pero en un contexto de manos libres a su arbitrio. Desde
entonces, la lista de hombres y mujeres asesinados por pensar
políticamente diferente suma nombres tras nombres, sin que los reclamos
encuentren un solo juez en la Corte Suprema que los acompañe. Los
tribunales hondureños han sido pasillos desolados de valor y dignidad.
La visita de Garzón a Tegucigalpa, cuando el Golpe de Estado hervía en
su apogeo represivo, fue más solidaria que académica, pero expuso con
claridad el tema de "Posibilidades y límites de la jurisdicción
universal en España frente a crímenes de lesa humanidad".
Garzón subrayó que no existían países grandes o pequeños cuando de
violaciones a los derechos humanos se trata. Que no era cuestión de
números, sino de seres humanos, y que todos los victimarios quedaban
expuestos, tarde o temprano, a la justicia universal.
El Juez ya lo había probado cuando ordenó el arresto de Augusto Pinochet
en Londres. Ahora, cuando decidió trasladar el escenario de la práctica
a España lo atacan porque son 50,000 las víctimas mortales del
franquismo y muchas siguen en cunetas o fosas olvidadas. El argumento
con el que Garzón fue acusado es que la amnistía dictada en España en
1977 exoneró de responsabilidad penal a quienes durante el franquismo
cometieron delitos con intencionalidad política. Garzón sostiene que
ninguna amnistía puede amparar crímenes contra la humanidad, pero en esa
cruzada confirma en carne propia que bajo la perspectiva del poder
absolutista el Derecho se opone a la justicia, de la misma manera que la
legalidad se impone sobre la legitimidad.
La realidad de nuestros países enseña una y otra vez que “derecho” no es
sinónimo de justicia; debiera serlo, pero no lo es en tanto cada persona
no recibe lo que merece y abundan leyes válidas pero no justas. Hay
demasiada gente por encima de la ley paseando por nuestras calles y
campos. El “imperio de la ley” no existe, es un afiche engomado a una
pared vacía.
Esfuerzos como los de Garzón tratan de reconciliar el derecho con la
justicia, y la legalidad con la legitimidad; quizá por eso resulten
utópicos, pero no inútiles. Con Garzón no se trata de un héroe, sino de
heroísmo. Como abogado es producto de su sociedad y de su trabajo.
Escribió alguna vez Sartre: “la historia hace a los hombres: los elige,
los cabalga y los hace morir bajo ella”. Tuvo razón. Los riesgos que
Garzón enfrenta son tremendos. El sistema fue y sigue siendo poderoso.
Admite convivir mientras no se le contradiga. Y Garzón a lo largo de su
trayectoria no se ha metido únicamente con los franquistas sino también
con los de ETA, con los Opus Dei y con los corruptos. Son muchos y
diversos los esquematismos y dogmatismo que buscan revancha. Sobra
quienes lo ven con ojos corrosivos. No están los vientos favorables para
la independencia crítica, menos en esta época donde acciones y
alucinaciones están en estrecha correspondencia
Pasan los días y habrá que enfatizar la función simbólica de la obra de
Garzón, saber que al solidarizarnos con él nos hacemos un favor a
nosotros mismos, y entender que su causa habla de sociedades rotas, de
sueños que se vuelven pesadillas, de países en guerra, de travesías
desgarradoras, de dolor y mutismo, por eso su victoria, su gran aporte,
está en la acusación que ha lanzado, no en la sentencia que logre. De
todas maneras, esta historia no la escriben los que ganan.
Tegucigalpa, abril 2009
- Manuel Torres Calderón es periodista.
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15 de abril de 2010
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